Hoy es el día más joven que te queda
Hay frases que no vienen a sacudirte, sino a despertarte
suavemente.
Palabras que no tienen prisa, porque saben que nacen para quedarse dentro, no
para deslumbrar afuera.
La imagen decía:
“Hoy es el día más joven que te queda. Léelo de nuevo.”
Y sí… hay que volverlo a leer.
Porque a veces no es la edad la que nos pesa, sino el miedo de haber empezado
tarde.
Pero el Evangelio —ese que susurra más que grita— nunca
habla de “tarde”.
Habla de “cuando escuches la voz hoy” (Heb 3,15).
Habla del hijo que vuelve después de años.
Habla del obrero de última hora que recibe la misma gracia.
Habla del ladrón en la cruz que descubre el paraíso en su último respiro.
Dios no se impresiona con calendarios.
Nos mira desde la eternidad.
Y desde ahí, hoy siempre es un buen comienzo.
Quizá te hubiera gustado creer antes, amar antes, sanar
antes.
Quizá desearías haber iniciado ese proyecto cuando la vida parecía más ligera,
o cuando el cuerpo respondía mejor.
Todos cargamos con ese “si tan solo hubiera…”.
Pero Dios no bendice nostalgias.
Bendice decisiones.
Bendice pasos.
Bendice el ahora.
Hoy es el día más joven que te queda.
No para correr, ni para demostrarse nada al mundo,
sino para empezar desde dentro:
desde la fe que renace, desde la esperanza que insiste, desde la vida que
siempre se abre paso.
Si hoy escuchas algo pequeño dentro de ti —un deseo, un
llamado, una inquietud— no lo apagues.
Es Dios, que sigue creando en ti.
A tu edad.
En tu historia.
Aquí y ahora.
Desde dentro,
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