La luz después del agua
Soñé que llovía con fuerza.
El agua corría por el suelo como si quisiera moverlo todo, como si nada pudiera quedarse en su sitio. Era un pueblo, no una ciudad. Un lugar de origen, de memoria. Y en medio de esa lluvia caminaban dos Rafaeles: mi padre y un amigo que ya partió.
No hablaban. No intervenían.
Simplemente estaban.
Al despertar entendí algo sencillo: la lluvia no siempre anuncia desastre. A veces anuncia tránsito. El agua no sólo arrasa; también limpia, reacomoda, obliga a decidir qué permanece y qué debe soltarse.
En el sueño había tormenta, sí. Pero hoy, al mirarlo con calma, siento más fuerte la luz.
La luz no niega la lluvia. La atraviesa.
No borra el pasado. Lo ilumina.
Estoy en una etapa de movimiento: entusiasmo por lanzar un primer libro, deseo de cambiar de casa, consolidación profesional. Son decisiones que no son pequeñas. Son decisiones que redefinen espacio, palabra e identidad. Y cuando la vida se mueve, el alma vuelve al origen para asegurarse de que no pierde el rumbo.
Que aparecieran ellos no fue casualidad. Representan raíz y camino. Familia y oficio. Herencia y misión. No estaban delante marcando dirección; estaban detrás, como quien acompaña y respalda.
La luz que hoy siento no es ingenua. Es una luz que sabe lo que cuesta cruzar la lluvia. Es la serenidad de quien entiende que crecer implica moverse, y que moverse implica cierta incomodidad.
Tal vez el sueño no vino a advertir.
Vino a confirmar.
La vida cambia. Las etapas se transforman. El agua corre.
Pero si la luz es más fuerte que la tormenta, entonces el camino no es ruptura: es continuidad.
No se trata de huir de la lluvia.
Se trata de caminar sabiendo que, incluso bajo el cielo más oscuro, hay claridad esperando al otro lado.
Y cuando uno elige la luz, ya está preparado para lo que viene.
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