Reflexión
El café de la mañana no es solo café… es la pequeña certeza
de que aún puedo volver a empezar.
Hay algo profundamente humano en ese primer sorbo. No tiene
prisa, no exige explicaciones, no pregunta por los errores de ayer. Simplemente
está ahí, caliente, constante, como una invitación silenciosa a retomar el
rumbo.
La vida, en cambio, suele ser más áspera. Se acumulan
pendientes, palabras no dichas, decisiones que pesan. Pero en medio de todo
eso, la mañana llega con una especie de tregua. No borra lo vivido, pero abre
un espacio distinto: uno donde todavía es posible corregir, ajustar, intentar
de nuevo.
El café acompaña ese momento. No resuelve nada, pero ordena.
No cambia el mundo, pero cambia la disposición con la que lo enfrento.
Tal vez por eso no es solo una bebida. Es un ritual sencillo
que me recuerda algo esencial: no estoy condenado a repetir el mismo día.
Siempre existe la posibilidad —aunque sea pequeña— de empezar distinto.
Y a veces, eso basta.
Microficción
Me siento frente a la taza como quien llega tarde a una cita
consigo mismo.
Ayer dejé cosas a medias. Una conversación sin cerrar, una
decisión postergada, un cansancio que no se quitó ni con el sueño. Todo sigue
ahí, intacto, esperándome.
Tomo la taza. El calor me recorre las manos.
No ocurre nada extraordinario. No hay revelaciones, ni
promesas grandiosas. Solo un instante quieto. Un respiro.
Doy el primer sorbo.
Y en ese gesto mínimo, casi invisible, algo se acomoda por
dentro. No desaparecen los pendientes, pero dejan de pesar igual. No cambia el
mundo, pero cambio yo.
Miro la ventana. La luz entra sin pedir permiso.
Entonces entiendo.
El café de la mañana no es solo café… es la pequeña certeza
de que aún puedo volver a empezar.