lunes, 6 de abril de 2026

 

Reflexión

El café de la mañana no es solo café… es la pequeña certeza de que aún puedo volver a empezar.

Hay algo profundamente humano en ese primer sorbo. No tiene prisa, no exige explicaciones, no pregunta por los errores de ayer. Simplemente está ahí, caliente, constante, como una invitación silenciosa a retomar el rumbo.

La vida, en cambio, suele ser más áspera. Se acumulan pendientes, palabras no dichas, decisiones que pesan. Pero en medio de todo eso, la mañana llega con una especie de tregua. No borra lo vivido, pero abre un espacio distinto: uno donde todavía es posible corregir, ajustar, intentar de nuevo.

El café acompaña ese momento. No resuelve nada, pero ordena. No cambia el mundo, pero cambia la disposición con la que lo enfrento.

Tal vez por eso no es solo una bebida. Es un ritual sencillo que me recuerda algo esencial: no estoy condenado a repetir el mismo día. Siempre existe la posibilidad —aunque sea pequeña— de empezar distinto.

Y a veces, eso basta.

 

Microficción

Me siento frente a la taza como quien llega tarde a una cita consigo mismo.

Ayer dejé cosas a medias. Una conversación sin cerrar, una decisión postergada, un cansancio que no se quitó ni con el sueño. Todo sigue ahí, intacto, esperándome.

Tomo la taza. El calor me recorre las manos.

No ocurre nada extraordinario. No hay revelaciones, ni promesas grandiosas. Solo un instante quieto. Un respiro.

Doy el primer sorbo.

Y en ese gesto mínimo, casi invisible, algo se acomoda por dentro. No desaparecen los pendientes, pero dejan de pesar igual. No cambia el mundo, pero cambio yo.

Miro la ventana. La luz entra sin pedir permiso.

Entonces entiendo.

El café de la mañana no es solo café… es la pequeña certeza de que aún puedo volver a empezar.

 

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